| Mao Tse-tung: El Este es rojo |
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| Escrito por Viejo Topo | ||||||||
| Sábado, 08 de Octubre de 2011 16:45 | ||||||||
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Escribe: I. Bardales
Nadie pudo recordarlas después: el viento las olvidó, el idioma del agua fue enterrado, las claves se perdieron o se inundaron de silencio o sangre.
(Pablo Neruda, Canto General, La lámpara en la tierra)
Un Siglo sin par
Siglo XX, hace apenas poco más de una década que se fue una época cumbre cargada de obras mayores que dejaron intactos sus cimientos. Fue el siglo de las revoluciones, sobre todo de las revoluciones sociales y políticas, y especialmente lo fue de las revoluciones de signo comunista.
Una época y un siglo que se asemeja por su riqueza de representantes o de figuras eminentes y por la magnitud de sus creaciones, al cinquecento renancentista de esta Italia otra vez en crisis: aconteció hace más de quinientos años, pero sigue siendo un punto de referencia en la trayectoria de progreso de la humanidad.
El siglo XX fue equiparable también a esta otra época, traída a la evocación por lo que acontece en Grecia que ve agravarse su presente económico y social, y cuando el puerto El Pireo bulle en altivas movilizaciones de masas. El siglo XX no sólo no tiene nada que envidiarle a la época dorada del mundo helénico de hace 3,000 años, marcada por la figura de Pericles y tantos grandes filósofos y artistas, -ni a la del Renacimiento- sino que de lejos, vuela a altitudes mayores. Este siglo alumbró el sistema social más alto que dio la humanidad en beneficio de los oprimidos, y parte de esto fue la Revolución China.
La antigua China
Muchísimas obras se escribieron para interpretar la irrupción, otra vez en la historia, de una civilización carcomida por el musgo de más de 1,000 años de dinastías imperiales opresivas, y estremecida por las heroicas rebeliones campesinas, en un mundo donde el capitalismo había llegado a su fase imperial. Mariátegui había dicho con su magnífica visión de largo alcance –en su introducción a Tempestad en los Andes, 1927-, que China pertenecía a esas viejas civilizaciones, como la peruana, que luego de largos períodos de letargo, les había llegado la hora del despertar.
Toda o casi toda la inmensa bibliografía, estudios, escritos periodísticos, obras audiovisuales, todo lo que se escribió y dijo sobre aquella revolución coinciden en algo: que China era una sociedad hundida en el atraso, la división, el hambre inaudito y las penurias, y cuyo futuro sombrío se acentuaba por el papel rapaz de las potencias occidentales que destrozaban sus entrañas y que se las repartían en pedazos.
La torpeza de los defensores del sistema social imperante es tal que sostienen que lo que hizo el Socialismo fue “genocidio”, que trajo sobre todo muertes. La Revolución condujo al pueblo chino hacia la senda del progreso, y colocó a una nación hundida y moribunda, otra vez, como protagonista en el escenario mundial.
La prensa de EE.UU y Europa de los 60 y 70, la prensa mundial en suma -la avanzada y la de sello antagónico- le dedicó tantas páginas a la Revolución China y a Mao, por su peso inmenso en el curso histórico de ese siglo –y su influencia en las revoluciones en toda Asia-, que asombraría a todo aquel que sólo haya conocido de ataques y negaciones.
Una Nueva Era
China despertó bajo los cañones de la Revolución de Octubre, en la Rusia de 1917, que inauguró una Nueva Era para la humanidad, la de las revoluciones proletarias. Esto es, la del papel de una nueva clase social, revolucionaria, que crea un sistema social nuevo en aras de una sociedad sin clases ni explotación, ni propiedad privada, el Comunismo, meta histórica de la humanidad.
El oligarca financiero Warren Buffet -desmintiendo a Barack Obama quien sostuvo que con sus medidas económicas contra el pueblo norteamericano no intentaba promover la lucha de clases-, ha dicho a confesión de parte que “las clases y la lucha de clases existen”, y que si existen ricos, es porque aumentan sus fortunas a costa de los demás. Así, la crisis mundial nos devuelve esta negada clave fundamental, la lucha de clases, de propia boca de un extremo de la contienda, para entender el nuevo siglo.
Las revoluciones, la lucha de una clase para transformar radicalmente la sociedad, por tanto, desde este punto de vista en que una Nueva Era para la humanidad está en desarrollo -zigzages de por medio-, sólo podrían catalogarse de tales, si se enmarcan dentro de esa nueva corriente de progreso. Y ésta era impulsada por una clase surgida en el mundo moderno, el proletariado, que había demostrado estar capacitada para tomar el poder y ejercerlo. Una clase social que había creado su ideología, sus formas organizativas y sus formas de lucha propias.
Se entiende, entonces, que es un contrasentido llamar revoluciones o revoluciones democráticas a las luchas populares, y al plan impulsado por los EE.UU que las ha capitalizado, que derribaron desgastadas marionetas en el norte de África.
La revolución china dentro de un contínuum teórico
El joven Mao, futuro jefe de la Revolución China, participó en la lucha antiimperialista del 4 de Mayo de 1919, bajo la inspiración de la Revolución de Octubre y donde se difundieron profusamente las obras del marxismo. Dijo Mao en 1941, rememorando lo acontecido aquellos años iniciales: “Durante los últimos cien años, los mejores hijos de la atormentada nación china han luchado y entregado sus vidas, ocupando el lugar de los que caían, en busca de la verdad que salvara a nuestro país y a nuestro pueblo. Esto es algo que conmueve hasta el canto y las lágrimas. Sin embargo, fue sólo después de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución de Octubre en Rusia cuando encontramos el marxismo-leninismo, la gran verdad, la mejor arma para liberar a nuestra nación, y ha sido el Partido Comunista de China el iniciador, propagandista y organizador del empleo de esta arma” El 1º de julio de 1921, Mao de 28 años, y un grupo de revolucionarios fundaron el Partido Comunista de China. En el Perú, el Partido Comunista fue fundado por José Carlos Mariátegui el 7 de octubre de 1928, y similar a Mao Tse-tung, bajo las banderas del marxismo-leninismo.
Y si Lenin se inspiró o se guió por Marx y Engels, Mao Tse-tung se inspiró en todos los anteriores y los desarrolló. Y se basó también en Stalin, cuya trascendencia de gran marxista reconoció y cuyos errores criticara, pero sin negarlo jamás.
Por eso, otra de las claves ocultas que hay que recuperar, es acerca de ese contínuum teórico que es el marxismo, esa continuidad unitaria y en desarrollo. Algunos de quienes prefieren adoptar el arbitrario atajo de que el mundo se ha desideologizado, sostienen, al mismo tiempo, que Francis Fukuyama se equivocó de plano con aquello de “fin de la historia”. ¿Y por qué llegan a esto? Porque no aciertan a ver que el “fin de las ideologías”, es la celebración del triunfo de la ideología burguesa, como correlato del triunfo definitivo de su sistema, o sea que, no se dan cuenta que al proclamar “fin de las ideologías” (o mundo desideologizado) afirman, también con Fukuyama, el “fin de la historia”, que dicen combatir.
El marxismo, a todas luces, es una unidad dialéctica, y por tanto en desarrollo: un representante del proletariado desarrolla al anterior, porque le corresponde vivir momentos nuevos y resolver cuestiones que su antecesor no pudo desarrollar o no vivió, y sigue siendo marxismo. Tal es el caso de Lenin y sus tesis sobre el imperialismo, que lejos de negar a Marx –quien no vivió ese proceso-, parten de él y lo desarrollan, y al proceder de esta manera, esta concepción se revitaliza o se repotencia, y se quita todo límite. Esto queda patente en los análisis que hacen los marxistas sobre la actual crisis general de la globalización, confirmándose la vigencia del marxismo en todas sus letras. No sólo del marxismo, sino del marxismo-leninismo-maoísmo ¿No decía Mao que el imperialismo norteamericano es un tigre de papel, y que llegaría un tiempo en que respondería de todas sus infamias?
Clase internacional y Movimiento Comunista
La experiencia revolucionaria china y de Mao Tse-tung, como se ve, está íntimamente ligada tanto al discurrir de las condiciones propias de su realidad como al panorama del Movimiento Comunista Internacional en el terreno ideológico, de organización y de lucha revolucionaria. El Movimiento Comunista Internacional –todos aquellos que organizadamente bregan porque el comunismo se instaure en el mundo- marcó la pauta de las revoluciones en más de un siglo y en casi toda la tierra. La célebre ponencia de V.I Lenin en la III internacional, decía que la revolución marchaba en dirección a Oriente. Muerto Lenin, Stalin prestó especial atención a estos planteamientos y ayudó a impulsar la revolución en el Este.
China sería, a la postre, la confirmación de que el marxismo, una teoría social sólidamente fundamentada -científica en el sentido profundo ya recuperado luego de la debacle estrepitosa del neopositivismo que le negaba tal condición-, podía echar raíces en cualquier lugar de la tierra, porque obedecía a un hecho de fondo: que el capitalismo no sólo imperaba en el mundo, sino que había pasado a su fase imperialista, como Lenin lo demostrara, y por ello ninguna sociedad podía ser ajena a sus contradicciones.
De ahí que la gaseosa teoría de que el marxismo era una doctrina europea y para Europa –que sostuvo Haya de la Torre en el Perú y para beneplácito norteamericano-, junto a otras del estrecho nacionalismo, que ven al marxismo como “foráneo”, quedaron hace tiempo deshechas. Mao hizo hablar el marxismo en Chino, debido a que es la ideología de una clase internacional, la misma que requiere ser aplicada a las condiciones particulares de cada revolución.
La ideología y los jefes revolucionarios
Pero para que el marxismo echara raíces en China, en principio, había clase obrera y se fundó su Partido para dirigirla enarbolando sus banderas; y un grupo de dirigentes y sobre todo un dirigente de calidad superior, que se fue destacando por sobre los demás por su versación teórica en el marxismo-leninismo (ya no sólo marxismo, a saber), como por su capacidad de captar lo peculiar de su realidad revolucionaria y convertirla en planteamientos sistemáticos y sobre todo aplicables, y más aún encabezar su aplicación de manera victoriosa. Los marxistas llaman a estos dirigentes, jefes y jefaturas, y representan, en especial uno de ellos –la jefatura-, al movimiento en su conjunto, a la clase obrera, tal fue la situación de Mao Tse-tung. Bob Avakian, un dirigente comunista norteamericano sostiene, equivocadamente, que no existen tales representantes. Y peor aún, sostiene que afirmar ello es endiosarlos, según su recientísima Nueva Síntesis, que da un salto al vacío al negar a Marx, Lenin y Mao.
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Cuando Lenin se empeñó en aclimatar el marxismo en Rusia, o de aplicarlo creadoramente, tuvo que lidiar campaña tras campaña, contra los sempiternos repetidores de fórmulas abstractas, incapaces de poner en movimiento sus propias entendederas (dogmatismo); como también contra los que pretendían, y más peligrosos aún, hacer una revolución marxista sin marxismo, aunque lo invocaran como tonel vacío (revisionismo). Estas luchas se agudizan en situaciones de cambios o dificultades, como se expresa ahora que los comunistas en el mundo vienen de superar un prolongado repliegue donde la contraparte desató una ofensiva que apuntó, entre otras cosas contra la doctrina marxista, negando su validez.
Al Presidente Mao le ocurrió casi lo mismo, en las difíciles circunstancias que le tocó vivir. Y ha sido, a fin de cuentas, el qué hacer y a partir de qué línea lo que ha animado las más altas batallas ideológicas de los comunistas, que teniendo en sus manos unas armas teóricas probadas, debían saber cómo aplicarlas, porque “el marxismo no es un dogma, sino una guía para la acción”, según afirmara Lenin.
La línea ideológica y política lo decide todo
Así, la revolución china empieza en 1927, bajo dirección de Mao, como guerra popular bajo la tesis de que “el poder nace del fusil”, y porque la revolución china había sufrido anteriores y dramáticos reveses y derrotas. Fue la etapa de la revolución democrática, que pasaba a cumplir las tareas que la burguesía –clase reaccionaria- era ya incapaz de acometer.
Mao demostró que la derrota sufrida en 1927 a manos de Chang Kai Shek se debió a que se aplicó el camino de las insurrecciones urbanas o la aplicación de la fase socialista de la revolución, en un país semifeudal, semicolonial y de capitalismo burocrático. Esto es, la aplicación de una línea ideológica y política equivocada, por lo que extrajo esta conclusión: “la línea ideológica y política, lo decide todo”, y planteó que el camino correcto a seguir era el de cercar las ciudades desde el campo, como concreción de la fase democrática de la revolución dirigida por el proletariado.
Así como Mao organizó a millones de campesinos, dedicó también los mejores esfuerzos de su juventud a organizar y politizar obreros tanto mineros como obreros ferroviarios. Ahí está la famosa pintura en donde camina bajo la lluvia, en dirección a sus deberes organizativos en Changsha. Esto se va a ver con más claridad en la fase socialista de la revolución y ya con el poder en las manos, donde Mao defendió, por ejemplo, que la Constitución Socialista del nuevo Estado, contemplara el derecho a la huelga por parte de los obreros. ¿Dice esto algo, respecto al avanzadísimo Socialismo del siglo XXI que prohíbe y reprime las huelgas obreras en Venezuela?
Sucesivas y complejas luchas ideológicas internas en las que salió victorioso, contribuyeron a dar autoridad a su jefatura, a elevar el nivel político de su partido y del pueblo chino, merced a un infatigable trabajo teórico y de organización. Mao fue plasmando desarrollos tanto en filosofía, en socialismo científico y en economía política, las tres partes integrantes del marxismo.
![]() La moda al uso de ataques a este teórico del marxismo y la inacabable subestimación del poder creador del pueblo, suelen invocar el “Libro rojo”, como el único material del que el pueblo chino se servía para el “culto a la personalidad” de su líder. La obra teórica de Mao Tse-tung, labrada en largo batallar y en las condiciones más extremas ha sido recogida en sus Obras Escogidas, que alcanzan media docena de tomos. Con esas armas, que incluyen discursos, ensayos, artículos, informes políticos, tratados, etc., elevó la conciencia política del pueblo chino y éste le reconoció como su conductor indiscutible. Por eso, contra el enraizamiento de su pensamiento en el alma popular, la burocracia del PCCH usurpado le opone desde hace buen tiempo la regresiva tradición confuciana, criticada vasta y profundamente por el propio pueblo en la Gran Revolución Cultural Proletaria.
La Gran Marcha
En Sunyi,1935, el Partido Comunista de China reconoce a Mao Tse-tung como jefe de la revolución en medio de la Gran Marcha, que recorrió 25,000 Li; desplazamiento para preservar sus fuerzas y anclar en el campo desde donde pudiera desarrollar el camino revolucionario trazado. Fue una marcha cuya distancia equivale a la que hay entre México y Alaska y más de 10 veces el largo del territorio peruano, que atravesó 15 cadenas montañosas, cientos de ríos, que sorteó el ataque enemigo desde el aire, que cruzó escarpados senderos, tierras gélidas, territorios pantanosos, hambre y penurias, y que supera en trascendencia y magnitud a la célebre Marcha del general cartaginés Aníbal, que atravesó los Alpes en la guerra contra el imperio romano.
Habiendo partido 300,000 combatientes, sobre todo campesinos, y habiendo llegado sólo unos 80,000, la Gran Marcha fue también una máquina sembradora de propaganda y de organización. El repliegue o la retirada hacia el Norte sirvieron de temple –palabra muy representativa de aquella época- del contingente de la futura victoria.
Los años 40, en plena II Guerra Mundial, ese camino de cercar las ciudades desde el campo entra a su fase decisiva. En 1937 Japón había invadido China y en 1941 atacó a EE.UU en Pearl Harbour.
En 1945, luego de los categóricos reveses frente a la resistencia del pueblo chino, de las derrotas en el Pacífico a manos de EE.UU y de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, Japón firma su rendición incondicional, y se abre un período de transición en China. El PCCH propone al Kuomintang de Chiang Kai Shek, las conversaciones de Chung Ching de 1947, audaz iniciativa que en aras del futuro de la nación y el pueblo, los comunistas se dispusieron a desarrollar olvidando las graves heridas de la guerra.
Pero Chiang, lejos de pasar a la fase democratizadora que la sociedad china necesitaba, emprendió la ofensiva militar de 1948, con respaldo de EE.UU. Ahí empezó su derrota.
El triunfo de 1949
En la contraofensiva de 1949, y el sustento en dirección que se ve reflejado en el Tomo IV de las Obras Escogidas del Presidente Mao, se ve el análisis permanente – a partir de la dialéctica marxista- de las circunstancias políticas nacionales e internacionales, la planificación política y militar, que preparan el triunfo que funda la República Popular de China, el 1º de octubre de 1949, -tras 22 años de guerra popular- y que cambia la correlación de fuerzas en el mundo a favor del socialismo.
Desde aquel triunfo de repercusión mundial, nadie se ha atrevido a mover la imagen de Mao de la Plaza Tiananmen, donde ocupa un lugar central; el cariño del pueblo chino al fundador de la nueva China sigue vivo. Y en su natal Hunán, en la aldea de Nanyie, su figura y la de los grandes marxistas, siguen en pie, e inspiran a la cada vez más intensa lucha de clases sobre todo de la clase obrera contra la brutal restauración del capitalismo, y frente a la explotación salvaje de la que se alimenta la ahora segunda potencia económica mundial.
Nanyie en la actualidad
En la obra teórica y práctica en torno a este segundo gran hito de las revoluciones comunistas en el siglo XX, el triunfo del 49 –el primero fue la Revolución de Octubre-, se ve ya el nuevo desarrollo en el marxismo del Presidente Mao Tse-tung. Desde el “Informe sobre una investigación del movimiento campesino de Hunán”, hasta “Sobre la guerra prolongada”, “Problemas estratégicos sobre la guerra de guerrillas contra el Japón”, pasando por “Acerca de la práctica” y “Sobre la contradicción”, obras teóricas que sustentaron sus trascendentes logros prácticos.
Una etapa nueva del marxismo
Quien se ha encargado de fundamentar esta cuestión de alcance internacional y de viva y decisiva actualidad acerca de ese nuevo desarrollo (como nueva, tercera y superior etapa del marxismo), es un peruano. Se llama Abimael Guzmán Reinoso y se ha dedicado a esa labor durante 40 tenaces años, los últimos 20 años en condiciones de prisión en una Base Militar de la Marina de Guerra del Perú.
Luego de haber dirigido con el Partido Comunista del Perú, -que él reconstituyera y desarrollara-, la guerra popular marxista-leninista-maoísta, pensamiento Gonzalo 1980-1992, y pese a haber propuesto en su momento un acuerdo de paz y de insistir ahora en una amnistía general que conduzca a una reconciliación de la sociedad peruana, Guzmán sigue en el más absoluto aislamiento sentenciado a cadena perpetua. Y desde esas condiciones ha llamado a poner el maoísmo al mando como ideología del proletariado.
Visto en perspectiva histórica, y desprendiéndonos de todo vacuo academicismo, debemos reconocer que el Presidente Mao Tse-tung es un grande del pensamiento y la acción. Representante de una clase, y a su vez magnífico símbolo de una época cumbre para la historia de la humanidad, junto a Marx, Engels y Lenin.
Es cierto que ni los filósofos idealistas Platón, ni Sócrates; ni Heráclito, ni ninguno de los otros grandes pensadores de Occidente, ninguno se limitó a ser pensador académico, pues siempre buscaron fundir sus ideas con la vida. Pero, de todos modos, sus filosofías fueron sobre todo contemplativas –y guías de cierta elevación espiritual individual-, o se volvieron contemplativas por los reveses en la vida práctica. No se les puede, por tanto, enjuiciar por sus realizaciones porque hasta ahí no les alcanzaban sus ideas. Mao, y todos los grandes marxistas, en tal sentido, los superan por la plenitud de su pensar y porque estuvieron siempre audazmente volcados al mundo que buscaron interpretar del modo más fiel para transformarlo. Y si a algunos se les recuerda por miles de años por sus contribuciones al pensamiento realizados desde una óptica de clase esclavista; a los representantes del proletariado, clase auténticamente revolucionaria que ha de extinguirse junto a la abolición de todas las demás clases, se les ha de recordar por mucho más tiempo: Vivirán por siempre, porque sus obras son aún mayores.
Mao Tse-tung brilla, sobre todo, por su manejo luminoso de la dialéctica marxista, basada en la contradicción. Una lógica nueva que supera las limitaciones de aquella otra basada en la identidad, implantada desde Aristóteles. Nueva lógica que refleja lo contradictorio de la realidad, el cambio constante que la anima y la transformación o salto propio del desarrollo de las cosas. Esto, por otra parte, está expresando un paso gigantesco en el plano de las ideas, concordante con el tránsito de una fase histórica de la humanidad a otra.
De El Este es rojo, a las jornadas del futuro
El oscuro Heráclito de Efeso y el gris y enciclopédico Hegel –dialécticos ambos-, palidecen ante la sabia y luminosa claridad de Mao Tse-tung, que algunos académicos decadentes y marchitos confunden con simplismo. Los grandes filósofos de la antigüedad reconocieron que ellos eran tan sólo amantes de la sabiduría –añorando la época remota de los sabios que condujeron a sus pueblos-; la época de Marx, Engels, Lenin y Mao, con más razón aún, es la de los sabios verdaderos.
Henry Kissinger, un geopolítico del imperialismo, que conoció al Presidente cuando viajó a China a preparar el encuentro Mao-Nixon, decía que “Mao era un sabio, en quien cada palabra tenía un contenido profundo, y cuyo alcance se medía décadas por delante”. Lo que en aquellos antiguos pensadores aparece como intuiciones geniales o como edificaciones abstractas suntuosas respecto a la dialéctica, en el maestro proveniente de una aldea de Hunán, es palpitante ejercicio de la dialéctica materialista, de una escuela abierta al mundo para que las masas oprimidas la asimilen y se liberen. Es, por tanto, un aporte para la humanidad y para todos los tiempos.
Platón nunca pudo dirigir revolución política alguna o proyecto para estatuir su sociedad ideal, o fracasó en el intento, y fue políticamente defensor de la aristocracia esclavista. Hegel, filósofo de la burguesía e idealista como el anterior, traicionó su sistema filosófico al pretender justificar la existencia del reaccionario Estado prusiano. Mao Tse-tung como representante de una clase que insurge, el proletariado chino y el proletariado internacional, dirigió la triunfante Revolución China que conquistó el poder en 1949, y dirigió otra aún más alta: la Gran Revolución Cultural Proletaria 1966-1976.
China ha vivido una restauración del capitalismo, realidad que forma parte del proceso de toda clase nueva –la burguesía podía recuperar el poder perdido, desde el interior del propio Partido-, y por tanto componente del acervo teórico marxista. Mao, previó ese riesgo y para prevenirlo desarrolló la Gran Revolución Cultural Proletaria; pero esta restauración ocurrió mediante un golpe contrarrevolucionario encabezado por Teng Siao-ping, aprovechando la muerte del Gran Timonel en 1976, situación que también vivió Rusia en 1956, con la desaparición de Stalin y el golpe de Jruschov. Son estas restauraciones y estas categorías marxistas claves, restauración/contrarrestauración, lo que explican el derrumbe de la ex URSS, la caída de lo que fuera el campo socialista, y la situación actual de China. No son, por consiguiente, pruebas del fracaso del marxismo sino su confirmación en cuanto teoría de la lucha de clases y de los zigzages de una clase nueva debe atravesar para instaurarse en definitiva en el poder y formar la sociedad a su imagen y semejanza. El marxismo, el marxismo-leninismo-maoísmo no ha fracasado sino que ha pasado una dura prueba, la ha superado y se ha desarrollado.
Ahora, cuando al orden capitalista se debate en nuevas convulsiones, sacudido por la más grande crisis económica de su historia, Asía o el Este del planeta –centro de actuales tormentas-, deja escuchar los ecos de ese glorioso pasado cuando se entonaba El Este es rojo, el canto de las juventudes chinas insufladas de revolución. Y, luego de haber sido enterradas con lodo, con el silencio y con la sangre de los pueblos durante veinte años de ofensiva general del imperialismo, el recuerdo y celebración de la Revolución China, nos llevan a reflexionar sobre aquellas claves ocultas, a fin de reivindicarlas y con ellas comprender y manejar las jornadas del futuro.
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El joven Mao, futuro jefe de la Revolución China, participó en la lucha antiimperialista del 4 de Mayo de 1919, bajo la inspiración de la Revolución de Octubre y donde se difundieron profusamente las obras del marxismo. Dijo Mao en 1941, rememorando lo acontecido aquellos años iniciales:
El 1º de julio de 1921, Mao de 28 años, y un grupo de revolucionarios fundaron el Partido Comunista de China. En el Perú, el Partido Comunista fue fundado por José Carlos Mariátegui el 7 de octubre de 1928, y similar a Mao Tse-tung, bajo las banderas del marxismo-leninismo.
La experiencia revolucionaria china y de Mao Tse-tung, como se ve, está íntimamente ligada tanto al discurrir de las condiciones propias de su realidad como al panorama del Movimiento Comunista Internacional en el terreno ideológico, de organización y de lucha revolucionaria. El Movimiento Comunista Internacional –todos aquellos que organizadamente bregan porque el comunismo se instaure en el mundo- marcó la pauta de las revoluciones en más de un siglo y en casi toda la tierra. La célebre ponencia de V.I Lenin en la III internacional, decía que la revolución marchaba en dirección a Oriente. Muerto Lenin, Stalin prestó especial atención a estos planteamientos y ayudó a impulsar la revolución en el Este.


La moda al uso de ataques a este teórico del marxismo y la inacabable subestimación del poder creador del pueblo, suelen invocar el “Libro rojo”, como el único material del que el pueblo chino se servía para el “culto a la personalidad” de su líder. La obra teórica de Mao Tse-tung, labrada en largo batallar y en las condiciones más extremas ha sido recogida en sus Obras Escogidas, que alcanzan media docena de tomos. Con esas armas, que incluyen discursos, ensayos, artículos, informes políticos, tratados, etc., elevó la conciencia política del pueblo chino y éste le reconoció como su conductor indiscutible. Por eso, contra el enraizamiento de su pensamiento en el alma popular, la burocracia del PCCH usurpado le opone desde hace buen tiempo la regresiva tradición confuciana, criticada vasta y profundamente por el propio pueblo en la Gran Revolución Cultural Proletaria.
En Sunyi,1935, el Partido Comunista de China reconoce a Mao Tse-tung como jefe de la revolución en medio de la Gran Marcha, que recorrió 25,000 Li; desplazamiento para preservar sus fuerzas y anclar en el campo desde donde pudiera desarrollar el camino revolucionario trazado. Fue una marcha cuya distancia equivale a la que hay entre México y Alaska y más de 10 veces el largo del territorio peruano, que atravesó 15 cadenas montañosas, cientos de ríos, que sorteó el ataque enemigo desde el aire, que cruzó escarpados senderos, tierras gélidas, territorios pantanosos, hambre y penurias, y que supera en trascendencia y magnitud a la célebre Marcha del general cartaginés Aníbal, que atravesó los Alpes en la guerra contra el imperio romano.
Los años 40, en plena II Guerra Mundial, ese camino de cercar las ciudades desde el campo entra a su fase decisiva. En 1937 Japón había invadido China y en 1941 atacó a EE.UU en Pearl Harbour.
Visto en perspectiva histórica, y desprendiéndonos de todo vacuo academicismo, debemos reconocer que el Presidente Mao Tse-tung es un grande del pensamiento y la acción. Representante de una clase, y a su vez magnífico símbolo de una época cumbre para la historia de la humanidad, junto a Marx, Engels y Lenin.
Henry Kissinger, un geopolítico del imperialismo, que conoció al Presidente cuando viajó a China a preparar el encuentro Mao-Nixon, decía que “Mao era un sabio, en quien cada palabra tenía un contenido profundo, y cuyo alcance se medía décadas por delante”. Lo que en aquellos antiguos pensadores aparece como intuiciones geniales o como edificaciones abstractas suntuosas respecto a la dialéctica, en el maestro proveniente de una aldea de Hunán, es palpitante ejercicio de la dialéctica materialista, de una escuela abierta al mundo para que las masas oprimidas la asimilen y se liberen. Es, por tanto, un aporte para la humanidad y para todos los tiempos.
China ha vivido una restauración del capitalismo, realidad que forma parte del proceso de toda clase nueva –la burguesía podía recuperar el poder perdido, desde el interior del propio Partido-, y por tanto componente del acervo teórico marxista. Mao, previó ese riesgo y para prevenirlo desarrolló la Gran Revolución Cultural Proletaria; pero esta restauración ocurrió mediante un golpe contrarrevolucionario encabezado por Teng Siao-ping, aprovechando la muerte del Gran Timonel en 1976, situación que también vivió Rusia en 1956, con la desaparición de Stalin y el golpe de Jruschov. Son estas restauraciones y estas categorías marxistas claves, restauración/contrarrestauración, lo que explican el derrumbe de la ex URSS, la caída de lo que fuera el campo socialista, y la situación actual de China. No son, por consiguiente, pruebas del fracaso del marxismo sino su confirmación en cuanto teoría de la lucha de clases y de los zigzages de una clase nueva debe atravesar para instaurarse en definitiva en el poder y formar la sociedad a su imagen y semejanza. El marxismo, el marxismo-leninismo-maoísmo no ha fracasado sino que ha pasado una dura prueba, la ha superado y se ha desarrollado.



