| Alfredo Torero: Las lecciones de un zorro de abajo* |
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| Escrito por Viejo Topo |
| Sábado, 17 de Septiembre de 2011 04:41 |
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Escribe: Alonso Olivar
El 10 de setiembre debería ser una fecha en el calendario escolar y nacional. La pregunta atenta de un estudiante secundario de seguro sería: “¿Y qué se celebra en esta fecha profesor?” Respuesta: “El nacimiento del Alfredo Torero Fernández de Córdova, fundador de la Lingüística Andina”.
Huachano, guadalupano y sanmarquino del Departamento de Lingüística. Reconocido nacional e internacionalmente por sus aportes a la Lingüística Histórica, es decir, al estudio de las transformaciones de las lenguas a través del tiempo y el espacio. Torero planteó y fundamentó con creatividad que el origen del quechua se ubicaba en la costa del norte chico, de ahí se extendió a la sierra central y luego se expandió al sur y al norte. Las transformaciones sociales y políticas de los pueblos milenarios fueron un factor clave para entender este proceso de desarrollo del quechua y su diversidad dialectológica. Sintetizó sus indagaciones en su último libro “Idiomas de los Andes. Lingüística e Historia”.
El sábado hubiese cumplido 81 años. Una generación entera de jóvenes hubiese esperado escuchar las palabras del maestro, pues la escuela que él dejó, con su vida y obra sacrificadas, permanece vigente, hoy más que nunca. Sin embargo, Alfredo Torero murió en el exilio por haberse mantenido incólume en sus principios durante los años más álgidos de una confrontación armada que trajo profundos cambios a nuestra sociedad.
La mezquindad de quienes hoy se oponen a una amnistía general y pretenden evitar la mentada “impunidad”, arrebató a la juventud peruana los últimos años de nuestro, sin duda, más ilustre investigador de las lenguas peruanas con mayor historia: puquina, quechua, aimara, mochica. Murió el 2004, un año en que los corifeos de “no a la impunidad y sí a la autoría mediata”, con su CVR, se olvidaban de que en Holanda y luego en España se encontraba exiliado.
Asumió con entereza el destierro por haber defendido, desde su autoridad como Vicerrector Académico de San Marcos, a los estudiantes sanmarquinos de la persecución y la tortura, por haber organizado una movilización en rechazo al genocidio contra prisioneros políticos del Pabellón Británico el año 85, por reclamar la devolución de los cadáveres a sus familiares, y por haber condenado el genocidio del 19 de junio, por conseguir la libertad de estudiantes detenidos durante la intervención militar a San Marcos el 87 y socorrer con víveres a los alumnos encarcelados en Canto Grande por el Estado cuando la segunda intervención militar el 89. A los más recalcitrantes, les venía como anillo al dedo que un intelectual de su estatura académica no pisara jamás su tierra luego de haber escrito en El Diario a fines de los 80. Por esos años, destacaría con objetividad el momento por el que atravesaba el país con estas palabras: "Esta guerra no convencional la están ganando los que la iniciaron, porque son ellos los que actúan a la ofensiva, y en términos militares, quien está a la ofensiva desde ya tiene asegurada la victoria".
Torero respondería el año 99 desde México en una conferencia magistral en la UNAM con su “Testimonio y lectura sobre José María Arguedas": “Mi interés por el estudio del quechua estuvo enteramente ligado a la preocupación por el cambio social y político en mi país. Para participar en tal cambio, tenía que empezar por comprender al Perú en su diversidad y complejidad; y hacia allí estuvieron dirigidos mis empeños desde mi primera juventud. Por ello, no me limité a hurgar en las lecturas y la realidad solamente lo relativo al quechua y a otras lenguas nativas, sino a tratar de entender la tan varia geografía, la historia de milenios, el hervor de culturas y las agudas tensiones sociales que hacen del Perú países mil”.
Fue un intelectual marxista. El historiador Pablo Macera lo reconoció de este modo: “Se quería evitar que un científico social marxista adquiriese legítima reputación. Por estas razones Alfredo Torero puede ser incluido dentro de lo que llamaríamos el marxismo heroico, cada vez menos frecuente ahora cuando el marxismo se pone de moda y empieza a figurar (dentro de una técnica de "vacuna") hasta en las pastorales del Cardenal primado de Lima”.
Perteneció a la generación de intelectuales como José María Arguedas, amigo entrañable, quien le confió sus últimos escritos y la lectura de su ¿Último diario? en su funeral. En un libro en red publicado por la Colección Insumisos Latinoamericanos y titulado “Recogiendo los pasos de José María Arguedas”, donde Torero rechaza las ideas de Vargas Llosa en torno a la supuesta “utopía arcaica” del autor de “Los ríos profundos”, resaltan sus sencillas pero significativas palabras de optimismo en el futuro:
“Arguedas escogió para morir los gloriosos años 60; los de la solidaridad planetaria, de la generosidad sin límites ni fronteras; los del asalto al cielo. Mas sentía que habíamos quemado las alas y que venía el repliegue, la caída. Y quiso irse en un tiempo de ilusión y dejando un mensaje de esperanza. Suélese decir que, mientras hay vida, hay esperanza. Pero eso no es tan cierto. Porque puede haber una vida sin esperanza de que se logre ahora lo más caro para el individuo; y esto es agonía. Y puede haber esperanza más allá de la vida: la esperanza de que vendrá un mundo nuevo, justo y solidario –otros años 60, pero victoriosos-. Con los ojos puestos en ese mundo venidero, y por la alegría de haber combatido por su forja, con el arma o con el alma, se vivirán muchas vidas aunque venga una muerte”.
Su agudeza para percibir los cambios de su tiempo se pusieron nuevamente de manifiesto. Ni la tortura que le propinó la DIRCOTE, al extremo de dañar su visión, ni las balas que le dispararon desde un puente de la Vía Expresa pudieron con su lucidez para entender la situación internacional. Estas palabras parecen haber sido escritas hoy:
“Habría que preguntarle (a Vargas Llosa) sobre la utopía neoliberal, de las ventajas de las privatizaciones, de las bondades del mercado libre y de su mundialización. Especialmente ahora, cuando el capitalismo acelera su krach graduado (que dura ya 25 años), procediendo a la fusión de sus empresas y desencadenando todas las agresiones posibles contra los trabajadores –despidos y desempleo crecientes, precariedad en el trabajo y salarios negros-, y contra los pueblos (bombardeos de Irak y Yugoeslavia, hambrea miento generalizado); pero sin lograr contener su propio descalabramiento”.
Para periodistas como Ricardo Uceda tanta consecuencia de parte de Torero fue negativa. Sin embargo, el maestro supo definirse y asumir sus convicciones ideológicas y políticas sin “reservas cobardes” como muchos otros intelectuales calificados lo hicieron en su momento.
El antropólogo mexicano Francisco Amezcua Pérez y el antropólogo peruano Ricardo Melgar Bao, concuerdan en señalar que una amnistía podría haber permitido que sus enseñanzas sobre las lenguas andinas nuevamente se escucharan en el país y en las aulas sanmarquinas:
“Si otros países latinoamericanos que vivieron sus respectivas y costosas guerras internas supieron impulsar una política del retorno y la amnistía, la clase política peruana siguió un camino diferente, el de la irresponsable simulación democrática frente a las heridas abiertas. Así las cosas fue inevitable la reproducción de sutiles y desmesurados agravios, Torero es un botón de muestra. La única institución que no olvidó homenajear al desaparecido profesor, fue la UNMSM. Sin lugar a dudas, algunos costos de la guerra interna siguen en activo en el Perú; también muchos fantasmas, reales e inventados de la frágil y contradictoria democracia posfujimorista”.
Sus últimas palabras las podemos escuchar en un video realizado por el cineasta uruguayo Roberto Cedrés. Difundir ese material es una tarea periodística pendiente.
Torero se definió como un zorro de abajo porque supo subir al Ande, mientras que distinguió a Arguedas como un zorro de arriba porque supo bajar al litoral. El camino del zorro de abajo tuvo algunos recodos, pero ahora los zorros jóvenes de abajo vuelven a transitar su derrotero.
*Reportaje publicado en Reporcomude por “Comunicadores Democráticos”.
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Huachano, guadalupano y sanmarquino del Departamento de Lingüística. Reconocido nacional e internacionalmente por sus aportes a la Lingüística Histórica, es decir, al estudio de las transformaciones de las lenguas a través del tiempo y el espacio. Torero planteó y fundamentó con creatividad que el origen del quechua se ubicaba en la costa del norte chico, de ahí se extendió a la sierra central y luego se expandió al sur y al norte. Las transformaciones sociales y políticas de los pueblos milenarios fueron un factor clave para entender este proceso de desarrollo del quechua y su diversidad dialectológica. Sintetizó sus indagaciones en su último libro “Idiomas de los Andes. Lingüística e Historia”.
Asumió con entereza el destierro por haber defendido, desde su autoridad como Vicerrector Académico de San Marcos, a los estudiantes sanmarquinos de la persecución y la tortura, por haber organizado una movilización en rechazo al genocidio contra prisioneros políticos del Pabellón Británico el año 85, por reclamar la devolución de los cadáveres a sus familiares, y por haber condenado el genocidio del 19 de junio, por conseguir la libertad de estudiantes detenidos durante la intervención militar a San Marcos el 87 y socorrer con víveres a los alumnos encarcelados en Canto Grande por el Estado cuando la segunda intervención militar el 89.
A los más recalcitrantes, les venía como anillo al dedo que un intelectual de su estatura académica no pisara jamás su tierra luego de haber escrito en El Diario a fines de los 80. Por esos años, destacaría con objetividad el momento por el que atravesaba el país con estas palabras:
Fue un intelectual marxista. El historiador Pablo Macera lo reconoció de este modo:
“Si otros países latinoamericanos que vivieron sus respectivas y costosas guerras internas supieron impulsar una política del retorno y la amnistía, la clase política peruana siguió un camino diferente, el de la irresponsable simulación democrática frente a las heridas abiertas. Así las cosas fue inevitable la reproducción de sutiles y desmesurados agravios, Torero es un botón de muestra. La única institución que no olvidó homenajear al desaparecido profesor, fue la UNMSM. Sin lugar a dudas, algunos costos de la guerra interna siguen en activo en el Perú; también muchos fantasmas, reales e inventados de la frágil y contradictoria democracia posfujimorista”.



