| ¡Juro por la Constitución del 793! |
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| Escrito por Viejo Topo |
En un nuevo gobierno que se proclama inclusivo, lo más notorio del juramento “por los principios y el espíritu” de la Constitución de 1979 y del discurso de asunción del mando presidencial sería la inclusión de tal Constitución a los parámetros neoliberales contenidos en la Constitución de 1993. Y aunque se hablara de un “nuevo contrato social”, lo proclamado y dicho el 28 se guiaba por la descolorida “Hoja de Ruta” o alambicado producto de mil concesiones al gran capital.
Escribe: Ignacio Bardales
La sensatez frente a la provocación
Dijo Lourdes Flores –desde los intereses de la gran burguesía peruana- que no es posible una marcha atrás en materia constitucional, que la Constitución de 1979 fue fruto de su época y que volver atrás es imposible. La de 1993, a la cual combatió en su momento –dijo-, ha terminado probándose en el tiempo.
Eduardo Farah, desde el lado económico de los mismos intereses, resistió la embestida de algunos mastines de la prensa de RPP –pagados por él y sus amigos-, para mantenerse en el planteamiento de que Ollanta Humala, dijo en su mensaje que “respetará los contratos y tratados”.
Cuando se observa y repasa el gesto político de Humala y la desaforada respuesta de Marta Chávez –hoy sancionada a puertas cerradas a 120 días-, levantando el texto constitucional cual si sacaran la tarjeta roja (o naranja) al recién ungido Presidente de la República, no se puede más que sonreír. Después de la batahola, dirigentes del fujimorismo han analizado que una confrontación a ese nivel no les conviene, más aún cuando tienen a su jefe en prisión.
Fue una “provocación” la de Humala, remarcó Lourdes Flores. Y agregó que “sólo eso”. Pero para otros es más que un gesto político y les preocupa; habrá que ver por qué.
Los puntos en disputa
Los hubo en la campaña electoral, pero no olvidemos que en búsqueda del sector indeciso, en la segunda vuelta, en algunos casos, Ollanta y Keiko intercambiaron papeles. El primer aporte de Ollanta Humala fue el del “impuesto a las sobreganancias” que por algún tiempo fue tema tabú. Keiko lo hizo suyo. El empresariado minero y sus medios adictos, sin embargo, luego de la victoria de Humala el 5 de junio, introdujeron un spot publicitario en el que daba marcha atrás en su aceptación del tema.
La postura de Humala, al respecto, provino de una posición elemental y básica. Si los precios de los minerales están en aumento y aportan gigantescas ganancias a las grandes empresas, es de sentido común que se les pida mínimamente que dejen algo más. Un aporte obligatorio que divergía del Óbolo Minero Voluntario que promovió García Pérez, mayordomo genuflexo del gran capital minero peruano y foráneo.
Economistas como Humberto Campodónico –nombrado ahora Presidente de Petroperú-, se encargó, junto a otros, de librar una batalla de las ideas, frente a un muro mediático opuesto a esa medida favorable a las arcas peruanas. Un ramillete de chicos bien, que se desayunaron íntegras con grumos y todo las recetas de la escuela de Chicago, se olvidaron de la crisis mundial –hoy quizá ya en su segundo capítulo- que llevó a que hasta George W. Bush flexibilizara sus enfoques neoliberales.
Desde las entrañas culposas del Fondo Monetario Internacional, ya se oía que, en aras de la sostenibilidad de su corroído y golpeado sistema económico, se optara por obtener mayores cuotas de las empresas mineras, y también se pensara en términos inclusivos en el tema social.
La pólvora de los conflictos
El importantísimo asunto minero ha espoleado buena parte de los 217 conflictos sociales que legó García Pérez. Los denominados conflictos socioambientales, incluyen sobre todo al sector minero e hidrocarburos, dos grandes rubros en que se concentran los más grandes capitales peruanos y foráneos y que aportan –tan sólo- el 4.2% del PBI, desde el reciente y explosivo Puno hasta Bagua, desde Tía María hasta Majaz y tantos otros.
La imposición a rajatabla del neoliberalismo en los términos en que lo hizo Alan García Pérez, impulsando las invasiones en territorios comunales y enarbolando la tesis del Perro del Hortelano, sólo provocó más muertes. El político que desesperó en los últimos tramos de su mandato para hacerse presidenciable de cara al 2016 dejó una estela de sangre de 103 peruanos muertos, a la vez que buscaba aplacar las iras santas con un Cristo de cemento frente al Pacífico.
Ollanta Humala intuye que, al ritmo que van las cosas, las Fuerzas Armadas en última instancia van a tener que comprarse el pleito, y, por tanto, no es casual que en el discurso haya hablado de fortalecerlas a éstas y a la Policía Nacional. En esa misma dirección marchaba Alan García y su criminalización y militarización de la protesta popular. De manera que habría que analizar si sus planteamientos de “diálogo” remarcados en su discurso; no son sino la vía diplomática de una solución de fondo por la vía represiva. Esta afirmación no es gratuita. El sociólogo burgués Julio Cotler en una entrevista post elecciones planteó que Humala deberá prepararse también para aplicar la represión ante las demandas populares.
Pero el espectro de la lucha popular, a partir de la cual se habla de inclusión, es mucho más vasto que el problema minero; está ligado a los derechos fundamentales perdidos en los últimos 20 años y, en particular, los derechos laborales. Si esas luchas no han prendido ha sido porque -entre otras cosas- organizaciones como la CGTP hace tiempo sirven de plataforma para que sus principales dirigentes –Huamán, Sifuentes, entre otros-, sean una aristocracia que recibe jugosos sueldos del Estado para mantenerse en silencio. Hoy están embarcados en el nuevo amanecer del proyecto de Ollanta Humala.
El espectro de la izquierda
Las reivindicaciones populares saturan de rojo la política peruana, la derecha tiembla y la acometen fiebres tercianas. Cuando el pueblo obtuvo un triunfo como el de Puno, el sector más retrógrado afirmó en grandes titulares: “Otra vez el gobierno se bajó el pantalón” (La Razón 27 de junio 2011). Una parte de esas reivindicaciones han sido capitalizadas por Ollanta a falta de una izquierda peruana organizada. Y si, a nivel de opinión pública, esto parece no superar el 35%, es porque la opinión pública es manipulada por un clima de terror implementado por los grandes medios.
Ollanta ha impuesto en agenda el tema del impuesto a las sobreganancias. Pero en el discurso de asunción del mando ha dicho que además promoverá una zonificación productiva, donde pueda haber explotación minera que no destruya la agricultura ni las fuentes de agua ni la biodiversidad.
Es un planteamiento capitalista moderno -por hoy recitado en verso-, y que la derecha bruta, con García a la cabeza, se ha negado a adoptar y ha impulsado el arrasamiento del hábitat de poblaciones, a sangre y fuego. Estas normas de explotación de recursos se aplican en Europa y en todos los países capitalistas avanzados. Pero no en el Perú donde las masas andinas y selváticas han sido tratadas por siglos como subhumanos, como músculo despreciable.
¿Merece la indiada semejantes estándares modernos de explotación de recursos que no los expulse de su hábitat? ¿Podremos seguir en nuestra acumulación de capital con esos detalles y exquisiteces? Este tipo de cosas debe andar rumiando este sector retrógrado que usa su elenco de medios para desenvainar un discurso histérico con aroma a naftalina bajo los pulcros trajes Armani.
El rol subsidiario del Estado
El fundamentalismo neoliberal sostuvo que el mercado se regula solo. Eso cayó y de manera estrepitosa en esta crisis económica general de la globalización, pero en el Perú, la derecha extremista cree que el poder económico le da suficiente autoridad para imponer el irracionalismo de sus planteamientos –Nietszche en escena-: “El mercado aquí si funcionó”.
La tendencia mundial en el capitalismo globalizado de estos años de crisis es que para socializar las pérdidas, debe echar mano de los mecanismos estatales. ¿Cómo podría Grecia pagar la deuda si el Estado no aplica recortes públicos? ¿De dónde sacará EE.UU para su nuevo techo de deuda y de dónde sacó para salvar a la banca usurera?
Lo que Ollanta Humala está haciendo no es sino aplicar neoliberalismo en condiciones algo distintas, entrando a ver el tema del mercado interno mediante aquello de “economía nacional de mercado” cuando el pueblo viene dando batalla contra la expoliación de su fuerza de trabajo y de sus riquezas. El sector de la caverna afirma que no debe haber más Estado, que incluso debe reducirse más con “reformas de segunda generación”, que hacer lo otro es chavismo. Y algunos sostienen que por darle cierto papel al Estado, se está a favor del pueblo, como si el Estado no fuese el instrumento de opresión que es.
Las brechas y la igualdad
Humala habló de la igualdad, pero respondía a tamaña provocación una fujimorista, agitándose dentro de su curul y diciendo no. Ollanta Humala no promoverá igualdad alguna. Pero conforme los datos, la brecha peruana, una de las más altas de Latinoamérica y del mundo, señala el atraso como sistema.
En el Perú, la brecha entre la minoría más rica y el sector más pobre es del orden de 1 a 32, en Europa es de 1 a 6. Y una sociedad que se pretendiera avanzada o simplemente capitalista no puede moverse ya en esos márgenes. Y nadie de abajo está dispuesto a soportarlo.
No es casual que un día antes del discurso opinara el estudioso José Matos Mar, también desde una óptica burguesa, en Diario16: “Necesitamos de los empresarios nacionales, necesitamos a la familia Romero, Brescia, (al grupo) Gloria, y no sólo a diez o quince, sino a mil, o cinco mil, y que no sean “pichiruchis”, nuestros grupos no llegan ni a los diez mil millones de dólares, mientras que los latinoamericanos están por cien mil millones, todavía somos peseteros, precarios. Entonces, hay que contribuir a enriquecerlos sí, pero hay que enseñarles a distribuir en beneficio de sus trabajadores, con un salario nuevo y formal”.
El sector oscurantista afirmaba que era necesaria más “flexibilización”, para ser más competitivos en el mercado internacional. Humala ha prometido los 750 soles, que obviamente siguen siendo migajas.
“Hacer patria”
La situación del capitalismo en el Perú de hoy -si bien aún dependiente de los EE.UU, y con evidentes rezagos semifeudales expresados, sobre todo, en las ideas retrógradas-, se expresa con mucha nitidez en los planteamientos de Humala y en su comprensión del Perú como sociedad. Su concepción de soberanía emerge desde el capitalismo y en beneficio del gran capital. Dijo: “Necesitamos hacer patria”. Humala pretende ser el capitán de los empresarios nacionales –de los grandes burgueses- y en esa aspiración entiende que debe rescatar para el Estado algunas funciones hoy desaparecidas.
Para los especímenes de la vieja mentalidad colonial, el Perú debe renunciar a su soberanía y que eso no significa problema alguno. Debe seguir siendo un territorio ocupado por fuerza extranjeras, donde cada quien despedaza y se apropia de las zonas que quiere vía vínculos o compadrazgos. La cesión de territorio y soberanía es parte de esa herencia colonial, del atraso como sociedad. Aún ahora rueda la absurda idea de que defender “recursos estratégicos” es retrógrado. Que la globalización superó ese tipo de conceptos.
Hoy se acepta, con remilgos, que una aerolínea peruana es necesaria. Lan surca los cielos peruanos con pilotos militares chilenos y El Comercio bate palmas por ello, porque un chileno está en el Estado Mayor de su grupo empresarial y mediático. Humala ha sumado otras cosas como la necesidad de una Marina Mercante y una política sobre puertos que defienda a Enapu ahora en extinción. Todo esto, por lo menos, ha señalado en su discurso.
No parece haber divergencias de fondo hasta aquí en el seno de las clases dominantes. Pero el tema que preocupa a un sector de la política peruana es el alineamiento frente a los bloques sudamericanos, sobre todo frente al ALBA. Pero aún un reforzamiento del UNASUR y CAN, van en desmedro de EE.UU, cuyo imperialismo económico va en declive. Están también las divergencias que se desprenden de los intereses de los diversos grupos económicos en el Perú.
Estos asuntos de política exterior, del rol del Estado para estos tiempos y –en particular- la posición que adoptan ante los problemas derivados de la guerra interna es lo que, a nuestro entender, los enfrenta en diversos grados. En ese último tema, y sobre el cual Humala no dijo nada en su discurso, está la posibilidad de una amnistía que ninguna de las fuerzas políticas tiene ni la suficiente claridad ni el coraje para plantearla como amnistía general. La realidad dice a gritos que la solución a ese clima de confrontación y rencores se llama amnistía general, pero no se dan por enterados.
En ese punto, la izquierda burguesa que apoya a Humala, y que se presenta como la preclara y purísima representante de la “no impunidad”, fue no obstante, invidente discapacitada frente a Madre Mía; y, en la Comisión de la Verdad del 2002 pasó por agua de malvas a García Pérez, viejo amigo “de izquierda”, y ahora adversario feroz.
En fin
El programa que Ollanta Humala ha esbozado en su discurso no es sino la “Hoja de Ruta” escrita en noches de desvelo, en apuros y en hinojos. Un programa gran burgués y dentro del neoliberalismo. Humala parece haber entendido que el pueblo no soportará la aplicación de un capitalismo salvaje que desconoce derechos. Es que es un pueblo en una situación diferente, que ya le hizo frente a García y a anteriores gobernantes y que, sobre todo ahora, reclama la devolución de sus derechos arrasados.
Entendemos que la situación no está para un regreso a la Constitución de 1979 –para el periodista Agustín Figueroa no pasó de ser una coquetería frente a la platea-, ni la aceptación bajo cuerda de la Constitución que rige desde 1993, sino la necesidad de una nueva Constitución. Es cierto que Humala habló de un “nuevo contrato social”, pero no más. Y en los hechos, lo que viene aplicando es la Constitución fujimorista y proclamando algunos elementos de la del 79, como el relativo al tema de los recursos naturales.
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En un nuevo gobierno que se proclama inclusivo, lo más notorio del juramento “por los principios y el espíritu” de la Constitución de 1979 y del discurso de asunción del mando presidencial sería la inclusión de tal Constitución a los parámetros neoliberales contenidos en la Constitución de 1993. Y aunque se hablara de un “nuevo contrato social”, lo proclamado y dicho el 28 se guiaba por la descolorida “Hoja de Ruta” o alambicado producto de mil concesiones al gran capital.
No es casual que un día antes del discurso opinara el estudioso José Matos Mar, también desde una óptica burguesa, en Diario16: “Necesitamos de los empresarios nacionales, necesitamos a la familia Romero, Brescia, (al grupo) Gloria, y no sólo a diez o quince, sino a mil, o cinco mil, y que no sean “pichiruchis”, nuestros grupos no llegan ni a los diez mil millones de dólares, mientras que los latinoamericanos están por cien mil millones, todavía somos peseteros, precarios. Entonces, hay que contribuir a enriquecerlos sí, pero hay que enseñarles a distribuir en beneficio de sus trabajadores, con un salario nuevo y formal”.



