| Félix Rebolledo: Más allá de la vida, más allá de la muerte |
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| Escrito por Viejo Topo | ||||
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Escribe: Ignacio Araujo
Nunca antes la elegancia del claroscuro graficó tan hondamente la convulsión social previa a una gesta. Inscribir en la madera con gran maestría una parte de nuestra historia fue tarea de un hombre que se fundió con los que se quitan el mendrugo de pan de la boca para dárnoslo diariamente. Retratos y paisajes de Catacaos, Chorrillos, Barranco y Carabayllo fueron recreados por la tinta de este artista de su época. Sus murales aún perviven para ser explorados por la Historia del Arte. Esta es la leyenda de Félix Rebolledo, el grabador peruano más importante del siglo XX.
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En la década del 40, Catacaos: pueblo del algarrobo, el zapote y los finos sombreros de paja, lugar que ha alumbrado a muchos artistas y artesanos, vio nacer a uno de sus mejores hijos: Félix Rebolledo Herrera. Era el 2 de junio de 1944.
Los paisajes de su bello pueblo quedarían estampados en la memoria del pequeño Félix quien, a su corta edad, fue iniciado por su padre en el pulcro arte de la pintura. Félix Rebolledo Chinga era un artista y carpintero que enseñó a sus doce hijos a delinear la vida con los pinceles de manera sencilla y diáfana tal como enseñan los artesanos cataqueños a sus hijos el fino tejido de un sombrero de toquilla. La huella del padre quedó imperecedera en la obra del artista, tan es así que le dedicaría una serie de grabados en los que dibujó escenas de su funeral.
La Escuela 27 de Catacaos albergó al niño Félix durante su educación primaria, mientras que la nocturna de la Gran Unidad Escolar San Miguel sería el lugar donde transcurrió su adolescencia. La Escuela Regional de Bellas Artes, a la que asistió de pequeño, llevaba el nombre de otro gran creador piurano: Ignacio Merino. Genaro Martínez Silva, artista cataqueño, fue amigo y maestro suyo.
Con solo 20 primaveras, viaja a la capital para matricularse en la Escuela Nacional de Bellas Artes, institución que, en ese entonces, estaba dirigida por el pintor Juan Manuel Ugarte Eléspuru. Gracias a este artista, bebería de las fuentes del arte abstracto por un breve periodo, pero su atención habría de centrarse en la xilografía, la técnica de la impresión en planchas de madera, originaria de China y utilizada también por los alemanes de fines de la Edad Media: Wolgemut y Durero, que al igual que Rebolledo tuvieron a sus padres como primeros maestros. La Medalla de Oro y el Premio Nacional le fueron otorgadas al egresar de Bellas. A pesar estar viviendo ya tiempo en Lima, siempre regresaba a su tierra a cargar las andas de la procesión en Viernes Santo. Nos lo imaginamos comiendo los siete potajes tradicionales que sirven por ese día: galletas con queso, frutas, picante de gallina, sopa de res, arroz con menestra y estofado, pavo con pastel, duraznos al jugo, vino y chicha. En la exposición “Daniel Hernández” logró el primer premio y en el concurso “Ciudad de Lima” obtiene el tercer lugar. Todos estos logros fueron refrendados por los críticos de arte de ese tiempo y por el mismo Ugarte Eléspuru, quienes ya ponderaban la gran calidad artística de sus obras. En este periodo de su vida, junto a los artistas Marcelino Álvarez, Carlos Cruz, Eulogio de Jesús y Fernando Torres, forma el Grupo 67, una caterva de artistas que expone sus obras en las alturas de Cajamarca. Durante ese lapso de tiempo, el gobierno francés le otorgó una beca para estudiar grabado en metal y la mayor parte del año 67 se dedicó a ahorrar dinero porque tenía la firme intención de continuar su formación artística en París. El barco Verdi lo llevaría hacia Barcelona, desde donde viaja en tren a la Ciudad Luz. Ingresa al atelier de Robert Cami en la École Nationale Supériore des Béaux Arts, lugar de formación de Degas, Delacroix, Matisse. Allí se dedica a perfeccionar las técnicas de la xilografía.
Era un momento en que, a nivel general, el arte fue asumido como un instrumento de la lucha de clases. Entonces, su arte da un salto clave: Se nutre de un sentimiento profundo por los de abajo y, en ningún momento, se divorcia del perfeccionamiento de una calidad estética original. La afirmación de que “la forma también representa un contenido” se deja traslucir en todas sus creaciones. En París hace buenas migas con el pintor cusqueño Alberto Quintanilla y conoce al ingeniero agrónomo Antonio Díaz Martínez, quien años más tarde, al igual que él, por casualidad histórica, sería asesinado el mismo día por el Ejército y la Guardia Republicana. Regresa al Perú solo por unas semanas y aprovecha para exhibir sus obras en la galería Cultura y Libertad. Vuelve a Europa y recorre países como Inglaterra, Austria, Bélgica, Suiza, Checoslovaquia e Italia. Retorna al Perú y esta vez para dedicarse a la docencia artística tanto en su alma mater, Bellas Artes, como en sendas instituciones educativas. Sus alumnos lo recuerdan como un profesor que les inculcaba ir a las calles a pintar y dibujar la vida de los más humildes y sencillos. Otra parte de su obra la consagra a dibujar paisajes, desnudos y retratos. La madera de diablo fuerte rojo, una madera muy usada por los maestros ebanistas, es el material que empleará con el objetivo de abaratar costos y hacer más accesible sus obras al pueblo al que ya servía con su arte cada vez más comprometido y de un gran acabado. Nuevamente, vuelve al Viejo Continente: Madrid, París y otras ciudades de Alemania serían los últimos lugares donde el gran artista expondría sus obras a nivel internacional. Regresa a su tierra y el alcalde cataqueño Humberto Requena lo declara Hijo Ilustre.
En 1978, junto a un pintor que merece un reportaje aparte, Francisco Izquierdo López, formó el “Movimiento de arte realista: El artista y su época”. De esa época data la carpeta “Los Agachados”, una obra en la que podemos percibir el ambiente claroscuro en el que, a diario, la gente más sencilla pasa miles de penurias por sobrevivir; el contraste entre la claridad y la oscuridad no es antojadizo sino que le sirve al creador para expresar lo más íntimo de la vida del hombre del pueblo.
Por un lado, la claridad simboliza la sencillez del que sólo tiene su fuerza de trabajo para subsistir; por otro lado, la oscuridad representa la angustia del que se ve expulsado del “paraíso” capitalista. Claridad y oscuridad. Luz y Tinieblas. Nadie como él para perennizar, en el grabado, la tensión de esas inmensas fuerzas que se debatían en la época anterior a la epopeya de los 80. Dos tonos han bastado para dejarnos ver aquel paisaje estremecedor que guarda en su silencio un gran grito de lucha y rebelión.
Hay un grabado que nos recuerda a los Fusilamientos del 3 de mayo, una obra de Goya, otro hombre de su tiempo que delineó sutilmente a los seres deformes y decadentes de un espíritu que tramontaba en España: los vicios del Clero y los Borbones. Las actitudes de los personajes del pueblo frente a la muerte en ambas obras son lo que la hacen similares. Rebolledo nos presenta a un hombre que se ve perdido y agacha la cabeza; un hombre que mira a los ojos a sus esbirros, frunce el ceño y alza su voz, y otro hombre que parece dejarse envolver por el silencio y la duda. Goya nos muestra a tres hombres que exudan conmiseración en sus rostros. Toribia Flores de Cutipa, una mujer que simboliza a las madres coraje de verdad, ha sido registrada por el genio de Rebolledo. Un brazo fuerte, recio con el que combate y protege a sus niños. La voz de esta mujer resquebraja el silencio de las viejas voces. En otro grabado, nos presenta a Los nuevos amautas. Podemos sentir el calor de una choza en la que se reúnen los de abajo para conspirar contra quienes generan las crisis económicas de todos los tiempos. Otro grabado se enfoca en la protesta de familiares de despedidos que llevan una bandera con una frase que remueve conciencias: “Exigimos Amnistía”. En 1981 integró la Asociación “Trabajo y Cultura”, una organización de artistas e intelectuales de izquierda que trabajó conjuntamente con los obreros. Allí, Félix se preocupó mucho por la difusión de obras de una gran composición, utilizando la serigrafía como técnica, y a la vez, por reflejar las vicisitudes de los trabajadores que cada vez más se apoderaban de una conciencia política proletaria. En suma, se dedicó a popularizar el arte y elevarlo desde la vida misma de quienes hacen la historia. No en vano, el crítico de arte Gustavo Buntinx ha señalado la influencia del maoísmo en sus obras. El artista es requerido por sus paisanos para realizar un mural donde pinta la lucha del campesinado y los estudiantes secundarios de Cañete le solicitan otro mural sobre la Historia del Perú. Aún hoy podemos ver esta obra inacabada en Nuevo Imperial. Ya iban dos años de haberse iniciado la guerra interna en el país y el artista, que había adherido al combate por un mundo nuevo con los únicos materiales que un humilde maestro del grabado como él podía tener, fue acusado y procesado del sambenito que pende como una espada de damócles sobre todos los que se atrevieron y se atreven a denunciar las injusticias del sistema: terrorismo. Infamia a la que recurrieron y recurren quienes ya no tienen más solución que dar a los desposeídos de este planeta. Federico Rey Sánchez fue un discípulo suyo y, junto a Félix, es recluido en el Pabellón Británico de Lurigancho. Ahí ambos, maestro y alumno, consumarían un mural cuyo tema sería la alianza obrero-campesina. El maestro del grabado enseñó su arte a los prisioneros políticos; muchos de ellos serían ultimados en el genocidio del 4 de octubre de 1985 por exigir que se les reconozca el estatus de prisioneros políticos. Luego de este acontecimiento, “El Profesor” sería trasladado al Pabellón Industrial y finalmente, el 19 de junio de 1986, a una semana de salir en libertad, es asesinado como parte del genocidio que perpetra el Estado ese año. Sus restos se encuentran en el cementerio de Nuevo Imperial, Cañete. La investigadora y curadora de San Marcos, Nanda Leonardini, ha reunido su obra en las carpetas: Catacaos (sobre la vida campesina y urbana de su tierra natal); Los Agachados (la lucha del pueblo contra la explotación); Más allá de la vida (los funerales de su padre) y El Proceso (su propia vida). Leonardini estuvo a cargo de la curaduría de las obras de Rebolledo el 2004 en el Colegio Real de San Marcos. Esta misma autora, junto a Ángelica Brañez, ha realizado un amplio estudio: El arte de la vida en riesgo, en el que recoge testimonios de familiares, intelectuales y artistas que lo conocieron.Asimismo, el 2009 la Municipalidad Distrital de Catacaos organizó un recital en su homenaje. El 2010, nuevamente, la curadora sanmarquina preparó una presentación de sus grabados, esta vez en el ICPNA de San Miguel. Este mismo año, la Asociación de Cultura Sicanni, un colectivo de artistas piuranos, dirigió un recital con participación del poeta Lelis Rebolledo, hermano del artista. Todos estos hechos muestran, sin lugar a dudas, que su obra se empieza a revalorar luego de que la crítica oficial la ocultara. Pero la obra de Rebolledo, al igual que la de Vallejo en poesía, ha sabido sobreponerse porque además de haber denunciado la situación del que lleva zapato roto bajo la lluvia, tuvo dominio en la composición del claroscuro; porque, aparte de haber seguido el apostolado de Mariátegui: “La técnica nueva debe corresponder a un espíritu nuevo también”, supo ser calificado. Falta aún explorar, por ejemplo, su muralística y sus pinturas. Un trabajo pendiente para las nuevas generaciones. |
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Leonardini estuvo a cargo de la curaduría de las obras de Rebolledo el 2004 en el Colegio Real de San Marcos. Esta misma autora, junto a Ángelica Brañez, ha realizado un amplio estudio: 



